Kanban para equipos legales: visualizar el trabajo para liberar capacidad

Un tablero no ordena el trabajo por existir. Ordena cuando el equipo acepta límites sobre cuántas cosas puede tener abiertas a la vez.

Por Felipe Besnier / / 2 min de lectura

Ilustración editorial del artículo: Kanban para equipos legales: visualizar el trabajo para liberar capacidad

El tablero visual es la herramienta más adoptada y peor usada en equipos legales. Se instala, se llenan columnas, y a las pocas semanas hay ciento veinte tarjetas en curso, todas importantes, ninguna avanzando. El tablero pasó de ser un instrumento de gestión a ser un inventario de deuda.

Lo que hace funcionar este método no es la visualización, es el límite. Decidir cuántos asuntos puede tener el equipo simultáneamente en cada etapa, y respetarlo. Cuando la columna está llena, no entra nada nuevo hasta que sale algo. Esa regla, que parece burocrática, es lo único que transforma la conversación.

La razón es aritmética. Si diez asuntos avanzan en paralelo, cada uno recibe una fracción de atención y todos terminan tarde. Si se trabajan cuatro y se cierran, luego los siguientes cuatro, el tiempo total es similar pero los primeros se entregaron mucho antes. En trabajo legal, donde el valor casi siempre está en el cierre y no en el avance, la diferencia es sustancial.

El segundo elemento que cambia resultados es hacer visibles los bloqueos. Una tarjeta que lleva doce días esperando respuesta de un tercero debe verse como bloqueada, no como en curso. Sin esa distinción, el tablero miente sobre la carga real del equipo y las reuniones se dedican a repetir estados en lugar de resolver impedimentos.

Sobre las columnas, conviene resistir la tentación de crear muchas. Un tablero con nueve etapas describe con precisión un proceso que nadie sigue. Tres o cuatro columnas que reflejan cambios reales de responsabilidad funcionan mejor y se mantienen actualizadas, que es la condición para que sirvan.

Un detalle práctico: el tablero debe reflejar el trabajo, no duplicarlo. Si el equipo tiene que actualizar el tablero además de actualizar el sistema donde vive el asunto, dejará de hacerlo en dos semanas. Cuando no hay integración posible, es preferible un tablero con menos tarjetas —solo proyectos y trabajo no rutinario— que uno exhaustivo y desactualizado.

Y algo cultural: el tablero es del equipo, no del jefe. En cuanto se usa para medir individualmente quién tiene más tarjetas, la gente deja de registrar el trabajo real y empieza a registrar el conveniente. La información se vuelve inútil justo cuando más se necesitaba.

Bien usado, el efecto más valioso no es la eficiencia. Es que las prioridades dejan de discutirse en abstracto. Frente al tablero, decidir qué entra obliga a decir qué sale, y esa conversación explícita es lo que faltaba.

Felipe Besnier — Legalmente Ágil