02/Diseño
Todos los insightsContratos legibles: diseño de información aplicado a documentos legales
Un contrato que nadie entiende sin ayuda no protege mejor: protege distinto, y traslada el costo a quien tiene que cumplirlo.
Por Felipe Besnier / / 2 min de lectura

La complejidad de un contrato rara vez es un problema de vocabulario. Es un problema de estructura. Cláusulas largas sin jerarquía, remisiones cruzadas, definiciones que aparecen tres páginas después de su primer uso, condiciones importantes escondidas en el medio de un párrafo. El resultado es un documento que solo puede leer quien ya sabe qué está buscando.
Aplicar diseño de información a un contrato no significa simplificar su contenido jurídico. Significa organizar cómo se presenta ese contenido para que la persona que debe cumplirlo pueda encontrar lo que le corresponde. Son dos capas distintas y confundirlas genera resistencia innecesaria: nadie está proponiendo debilitar una cláusula, se está proponiendo que se lea.
Los cambios que más rendimiento dan son bastante básicos. Separar obligaciones por parte responsable, en lugar de mezclarlas. Poner las fechas y montos en una tabla al inicio en vez de dispersos en el texto. Usar títulos que digan de qué trata la cláusula y no solo su número. Numerar de forma que se pueda citar sin ambigüedad. Nada de esto requiere un rediseño gráfico, solo una decisión editorial.
Hay un argumento que aparece siempre: la redacción tradicional está probada en tribunales y cambiarla introduce riesgo. Es un punto legítimo y conviene tratarlo con seriedad en lugar de descartarlo. La respuesta práctica es distinguir. Hay fórmulas cuya redacción tiene valor consolidado y conviene no tocar. Y hay una enorme cantidad de texto que se arrastra por costumbre, no por precaución, y que nadie ha revisado en años. Empezar por lo segundo permite mostrar resultados sin entrar en discusiones de fondo.
También vale la pena mirar quién lee realmente el documento. En un contrato con un proveedor, el lector habitual no es un abogado: es la persona de operaciones que necesita saber en cuántos días hay que notificar algo. Si esa información le toma diez minutos encontrarla, el contrato está transfiriendo un costo permanente a la organización, todos los días, en silencio.
Una prueba sencilla antes de dar por terminado un modelo: entregárselo a alguien que tenga que ejecutarlo y pedirle que encuentre tres cosas concretas sin ayuda. Cuánto tarda y dónde se pierde dice más que cualquier revisión interna. Es incómodo verlo, y por eso es útil.
El objetivo no es un contrato bonito. Es un contrato que se cumpla sin necesidad de interpretarlo cada vez. Esa diferencia se nota en el volumen de consultas que llega al área legal meses después.
Felipe Besnier — Legalmente Ágil


