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Nuevos modelos de negocio para servicios jurídicos

Cambiar cómo se cobra sin cambiar cómo se trabaja es una promesa que no se sostiene más de dos trimestres.

Por Felipe Besnier / / 2 min de lectura

Ilustración editorial del artículo: Nuevos modelos de negocio para servicios jurídicos

La conversación sobre nuevos modelos de negocio en servicios jurídicos casi siempre empieza por el precio: dejar la hora, cobrar por proyecto, por suscripción, por resultado. Es el síntoma correcto y la solución incompleta, porque el modelo de cobro es la última capa de algo que empieza mucho antes.

Cobrar por proyecto solo funciona si la organización sabe cuánto le cuesta producir ese proyecto. Eso exige procesos estables, tiempos conocidos y algún grado de estandarización. Una firma que pasa a precio fijo sin ese trabajo previo no cambió su modelo: cambió quién asume el riesgo de su propia variabilidad, y lo asume ella.

Lo mismo con la suscripción. Es atractiva porque genera ingreso recurrente y previsible, pero solo es sostenible si el consumo está acotado y si el servicio incluido se puede prestar con eficiencia creciente. Sin límites claros de alcance, una suscripción se convierte en trabajo ilimitado a precio fijo, y el margen desaparece en el segundo año.

Hay una vía menos discutida y con frecuencia más rentable: cambiar qué se vende, no cómo se cobra. Convertir conocimiento repetido en un producto —una herramienta, una plantilla inteligente, un servicio autogestionado, un programa formativo— permite atender demanda que hoy no es rentable atender a la manera tradicional. Es también la única forma de que el ingreso deje de estar atado linealmente a las horas disponibles del equipo.

Ese camino tiene un costo que conviene anticipar. Un producto requiere inversión antes de generar ingresos, requiere mantenimiento y requiere perfiles distintos. Muchas firmas lo abordan como un proyecto lateral con el tiempo libre de socios ocupados, y así no funciona: sin dedicación real y sin presupuesto, se convierte en un piloto eterno.

También hay una tensión interna difícil que se menciona poco. Un producto que resuelve un problema de forma barata compite con el servicio que hoy resuelve ese mismo problema de forma cara. Si la organización no está dispuesta a canibalizar parte de su propio ingreso, es probable que sabotee el proyecto sin decirlo, y ese sabotaje toma la forma de retrasos y prioridades que nunca llegan.

El segmento también importa. Modelos que funcionan en volumen alto y complejidad baja no funcionan en asesoría de alta especialización, donde el valor está justamente en el juicio individual y el cliente paga por eso. Intentar productizar ese extremo suele destruir valor.

La pregunta útil no es qué modelo adoptar, sino qué parte del trabajo actual es repetible, para quién y con qué frecuencia. La respuesta determina qué modelos son siquiera posibles.

Felipe Besnier — Legalmente Ágil